
Él baila feliz
no sabe que bajo sus pies
alguien le ha robado
la música de fondo.
Sylvia Rojas Pastene

En cada paralelo hay un otoño escondido y quieto
equilibrando los días rojizos de sombras.
Cuando las hojas caigan será otoño
cuando las hojas caigan será otoñó
Cuando las hojas caigan será otoño
cuando las hojas caigan será otoñó.
El arma se disparó accidentalmente. El personaje de mi novela había pasado a mejor vida.Siento decirles esto, pero tenía la trama de la novela lista, la cantidad incluso de capítulos, los personajes eran realmente atractivos, algunos muy divertidos, otros un tanto crueles, los más sin un dejo de escrúpulos.
Confieso que cometí el gran error de dejar sobre el manuscrito, el arma que usaría para describir el terrible crimen. En un momento de descuido, cuando fui a la salita donde recibiría el primer adelanto por la publicación, senti un ruido ensordecedor.
Sospecho que elucubré mucho una escena y lo dejé solo dando vueltas en mi cabeza, a merced de la curiosidad, con el arma cargada y mi codicia en primer plano.
Se sentaron a conversar. Ella estaba igual, quizás más interesante. El había cambiado, usaba barba, había subido de peso, lucía muy bien. Se vestía distinto, se movía distinto. Ella lo miraba complacida. Hablaba con entusiasmo y seguro. Era otra persona, el macho anterior era tímido, le costaba hablar. Ahora la interrogaba, cambiaba de tema y se reía con facilidad.La había interceptado en el supermercado, colisionando intencionalmente el carro con el suyo. Pensó, este imbécil no se fija por donde va, y murmuró, huevón tarado. Al mirarlo, él se reía a carcajadas. La invitó de inmediato a un café. Se atropellaban en palabras y en sucesos vivenciados en esos tres años, se miraban cómplices, se buscaban con las manos, todo era un lenguaje sensual entre ellos. Ella pensaba ¿yo dejé ir a este macho?
En lo más animado de la conversación, una mano en su hombro, la hizo girar ¡ah no! era su amigo transversal, como solía llamarle ella, quien siempre estaba allí, para sus penas y alegrías, el que le llenaba el celular de mensajitos en las noches más oscuras. No dejó de sentirse turbada, pero después de presentarle, él sin esperar invitación, se sentó, subió una pierna y levantó la mano al garzón, un capuchino por favor- sin retirar los ojos de su amigo perdido, desafiante y con una sonrisa llena de ironía, tu debes ser, espera, Eduardo, no, debes ser Maximiliano. Después de esa frase, dejó que cinco centímetros de taco se alojaran en sus canillas, sin un ademán de dolor.
Una cortina de rojo, comenzó a pasearse entre cafés humeantes ¿qué haces? ¿Epica, Pink Floid? Serrat, Silvio? La inflación, Cortázar, Huídobro, Nietzsche, era un round. Y siguieron entre cortados, express y capuchinos, compitiendo solapadamente, sobre quien sabía más sobre ella.
Interrumpió un segundo para avisar la visita al toilete, y dejarlos discutiendo sobre el amor, poesía y las mujeres, hasta que los echaron del café.
Primer Intento
Hace días que él la mira, ella baja y sube corriendo la escalinata de la librería. A veces la espera, sabe que los martes y los viernes, sale un poco antes de la oficina. Ella entra en su pequeño mundo de libros y se sienta en su sofá favorito, saca sus lentes y sube los pies, sin antes mirar hacia todos lados, como sintiéndose observada. Luego hurguetea en su cartera saca una barrita de chocolates, la disfruta lentamente, como si fuera aún una niña entre suspiros y lecturas.Muchas veces, después que la ve alejarse, se acerca ansioso a mirar cuales son los libros que ha leído, tras esa hora que se regala cada dos días. Se sienta en su sillón e intenta percibir el perfume que usa, pero nada, sólo queda un aroma a chocolate y suspiros
Lleva casi un mes en este cuasi espionaje y no puede evitar sonreír. Ella ha cambiado de lectura, antes siempre fueron cuentos de ficción, pero hoy ha dejado sobre la mesita de café "El joven Werther" y dentro, una nota manchada con barritas de chocolate: Mi nombre no es Carlota, el viernes se lo le diré, sólo si le gusta el chocolate.
Sylvia Rojas P.

te empinas recién en los 33
edad para ser crucificado
pero vives
y casi te amo
casi me detengo
casi me desboco a tus pies como Magdalena
y confieso todas mis cuitas.
¿Tenías que ser tan joven?
¡Tan joven ante mis ojos!
Dices que no te importamientras loco te sumerges
donde se rinde mi fuerza
digo que si me importa
regalando húmedos gemidos
dices que a nadie le importa
mientras un beso resbalo
suspiro, a muchos les importa
mi boca te ruega apremio
ardiendo y vencida pregunto
¿por qué no tienes diez años más?
ahogando la respuesta en besos dices
¿por qué no tienes diez años menos?
Debo estar loca te veo hablar como hombre
y enloquecerme como mozo de 17
Ámame entonces sin ser yo tan menos joven tonta como tú
ni tú más joven tonto como yo
¿tenías que ser tan joven?
¿tenía que ser yo tan menos joven?
de vieja no me trato jamás.
Le dejo amarme
y se inmola a sus 33 años.
Voy hacia la senda llamada oscuridad
tropezando y tambaleando sin fuerzas
Gritando como van algunos locos
¡traición, traición!
Todo es flagelo y ruina, todo es hiel y espinas
al tormentoso río de odios hago muecas
para que desborde y me arrastre
iba hambrienta, sigo hambrienta, buscando, palpando
por si en algún páramo encuentre consuelo.
Ahora sumergida en la fatalidad
en sombras de cuervos que desgarran el corazón a cada espolón
decido exigir teas y respuestas
pero me enceguece el cruel rayo revelador
Me desgarra ver, vago ciega
voy sembrando risas, bufando como polilla
coqueteando hasta regalar mis alas
e iluminar un segundo la traición
Tengo una espina clavada, desangrándome y no logro ver
porque las cobardías son manojos de cánticos fúnebres
que no se distnguen entre tanta pestilencia de mentiras
y adornos de avatares sin piedad.
Sleeping Girl (Dormeuse) -1943
Ya van dos días que caminamos, quedamos catorce de los veinte que iniciamos la huída. Aún el espeso gas se arrastra sobre las hierbas. Las máscaras nos ahogan, de vez en cuando un gemido nos detiene, no hay nada que hacer. La repartición de máscaras fue tardía y tras esperar largo rato frente al lugar indicado, las sacamos, rompiendo las puertas y abalanzándonos sobre el contenedor custodiado por un grupo de robots sobornables, producto de sus sensores dañados.
Por entre metales ardiendo, divisamos cuerpos mutilados y algún perro lamiendo aguas rojas. Nos preguntamos ¿por qué muchos de ellos aún no han muerto?
Es noche de luna, pero ella parece no alumbrar por entre tanta bruma. Humo y fuego, regalan cortinas azuladas a su perfecta redondez de sangre.
Miles de árboles yacen calcinados con sus ramas rotas de carbón.
Cada vez se hace más difícil caminar, entre tanto escombro y dolor. No podemos detenernos, queremos llegar al mar. Muchos se han devuelto al escuchar que arde. Los han amedrentados diciéndoles que es un gran lago de fuego y azufre. Nadie demanda por alimentos, se acostumbraron a sentir hambre. Otros que regresan llorando se sientan cobardemente a esperar la muerte.
Nosotros continuamos. Nadie habla, nos encargamos de afirmarnos unos con otros, para darnos fuerzas. Algunas manos de entre los escombros, intentan sujetar nuestros tobillos, debemos alejarnos. Llegan sonidos de máquinas que aún siguen avisando del caos que vendrá y ya vino.
Se vislumbra un grupo, sin máscaras, rodeado de teas candentes, son cuerpos que arden, un olor nauseabundo los rodea, vomitan y se despiden cayendo abrasados por el aire irrespirable. Todos es horrible como esas escenas de los cuentos de Pasrojsyl, de oscuras mazmorras malolientes, atestados de gritos desgarrados y detrás de algún telón, una calavera danzando un ritmo de moda, para silenciar las injusticias.
Un gran muro de tanques se nos muestra delante, no tememos seguir. No hay nadie dentro. De algunos cuelgan trozos de soldados, manos intentando salir y mascarillas sin uso. Recogemos algunas, pero los circuitos de drenaje están rotos, como el sueño de muchos.
El cansancio comienza hacer estragos, Bea cae una y otra vez, decidimos cargarla unos metros, pero en sus ojos no hay razón, debemos dejarla, no podemos sentir dolor, para ello fuimos entrenados durante dieciséis años.
Debemos hacer el último intento, descender por alguno de los acantilados que cortados de improviso dan al mar. Sin embargo, antes de ello, se nos agolpan tres rejas.
Traspasamos la primera pero vienen tras ella otras dos más altas, todas electrificadas, nuestros trajes resisten, es la altura nuestro peor obstáculo. Vamos haciendo una torre con nuestras cabezas para elevar primero a los más cansados. Todos hemos traspasado, nos deslizamos por restos de helechos y pastizales humeantes.
Felipe resbala y claudica, nos insta a proseguir, a pesar de ser uno de los líderes, no quiere retrasarnos, la misión debe cumplirse.
Bajamos corriendo por sobres las dunas húmedas. Es verdad el mar arde. Una barcaza se acerca por entre lenguas de llamas y atraca en el pequeño muelle.
Un tipo de mirada asquerosa nos grita.
-¡Suban rápido, antes que se acabe el efecto especial y descubran que es un truco!
Llegamos doce al final del camino, doce para comenzar a evangelizar la misma mentira otra vez.
Sylvia Rojas P.

Quiero llorar con la apestosa forma de llorar de un desquiciado
y no puedo, no puedo.
Esta garra terrible de dolor me persigue, aprisiona, atropella, ahoga.
Le hago mil zigzagueos de huida y me sale al encuentro
como hiena arrastrando espuma dolorosa
Hay algo que fuerza, empuja, desgarra
soy toda tinieblas, toda abismo
toda carcajada de espanto.
No puedo huir, no puedo huir
salir como estampida
y golpear la vida
como ella golpea
sin conmiseración.
Quisiera cortar de pronto mi lengua
torcer, acallar, silenciarla.
Pero no está en la boca que implora
ni es el labio que desata la imagen de duelo
está más adentro
más profundo
está en el suspiro
agónico
del seso.
Sylvia Rojas P.

Caminar hacía ti entre sombras, sin más luz que mi vestido blanco.
Sentarme a tu mesa con mi vestido blanco fundido en mis pliegues húmedos.
Robarte el cigarro que cae de tu mano tensa y regalarte mis piernas de chocolate dorado bajo mi vestido blanco.
Quiero que roces mi vestido blanco y por los hilvanes vayas buscando el hilo del deseo trenzado en suspiros cubiertos tan sólo por mi vestido blanco.
Deseo que deslices el pabilo y compruebes que mi vestido blanco no cae fácil, se detiene en mis caderas y sólo con algunos.
Quiero ser cruel con mi vestido blanco, inclinarme en tu mesa y dejar que el escote de mi vestido blanco, te nuble el deseo simulado en humoradas rojas.
Mostrarte sin pudores, como afirma mi vestido blanco el calor de mi pequeña boca.
Ver tus ojos cuando una brisa malvada, levante las orillas palpitantes de mi vestido blanco y bajo el blanco vestido escuches la llama del jazz y tu mano como humo, se aserpiente por sobre y bajo mi vestido blanco.
Deseo que a solas tú y yo , en un rincón cualquiera con mi piel desnuda, cumplamos la profecía de mi vestido blanco.
A lo lejos nos vea hacer el amor, pidiendo tregua, furioso, lleno de celos, yo despojada y él, él vestido de rojo.
Sylvia Rojas P.
Casi perdimos el bus, esperando que saliera uno, el adecuado se movía en nuestras espalda. Ella es menor, por eso eligió siempre la ventana. La ruta muestra saludos de árboles, cruce de ríos, campos verdes y bencineras en alta.
Bajamos alegres, caminamos, se adelanta y entra, la imito corriendo
ella se persigna, no puedo imitarla. El techo cubierto de imágenes pías,
me mareo buscando a Saulo, no se lo digo, ella nos sabe que también di coces contra el aguijón buscando otra luz. Le contaré en otro viaje.
Un confesionario colmado de secretos, juego a ser pecadora, retrocedo y doy con la pila de agua bendita-chisporreteará si metes los dedos allí -dice la muy… sonriendo. Me siento bien, en una iglesia después de muchos años, ya no discuto con ella, quiero feliz a quienes las aman.
Segunda parada, el museo, me quiero quedar dentro seguro.
“Ayude al museo”
Hurgamos en carteras por monedas. ¡Qué bien suenan! debimos dejarlas en la iglesia para escuchar las almas liberándose con cada sonido
Sonreímos al Abate Molina a sus pájaros, sus flores, su búsqueda. Fotos amarillas de fiestas, ciudadanos ilustres, buen museo.
Una chispa creativa nos golpea, hacemos un pacto sobre el mate y reímos como locas y nos abrazamos.
¡Qué bien me siento con mi amiga!
Tengo hambre, y entre tanto sol de mediodía, me vuelvo prepotente
-Dígame señora, ¿en este pueblo hay plaza, mercado?
-Claro, doble en la esquina y encontrará la plaza, mercado no, lo siento no hay.
Y sale ella, -no preguntes así, di, ¿dónde queda esto o aquello? para que no se ofendan-
Disimulo recitando, pueblo hundío y explotao, pueblo mil veces lo digo.
Sabia la chiquilla, me digo y le digo- ya me parecía que sonaba apocador-
Caminamos a nuestra tercera parada, un local frente a la plaza, pedimos un café y pan con queso derretido.
Cuarta parada
La plaza y el tintero de Neruda a lo lejos, ella está enfrente esperándonos, con enormes álamos, pinos, escaños amplios, donde subir los pies y abrazar la madera para pelar luego un buen cigarro¿que mejor? ya démosles a las copuchas, las uñas largas, a las hermanas, a nuestros amores, a los poetas, las abuelas, en fin tanto tema, la lengua se nos pela. Conocemos al otro, por lo que contamos. Olvidamos el tintero, bueno quizás ya no hay tinta en el monolito.
Quinta parada, nos queremos comer una buena cazuela, nos engañamos, buscando un buen lugar, con pocas moscas, porque sin ellas no existen en este y en ningún país creo. Damos con
Demoran mucho, mientras, nos castigan pasando frente a nuestras ojos y narices, humitas, pasteles, cazuelas con choclos gigantes ¡ay! fumo, fumamos con bebida compartida, ante tal sufrimiento. Por fin llega nuestra cazuela, humeante, sabrosa, pero sin choclo.
Sexta parada, caminamos hasta el final de la avenida, nos desviamos un instante, asombradas, boquiabiertas. Un callejón colonial, un pedazo de pasado, calle de polvo y tierra, el tiempo se ha detenido allí, maldecimos la cámara olvidada.
Séptima parada, nos sentamos en el prado, a orillas de un canal, está fresco, nos recostamos, un auto conocido huye, las hormigas me atormentan.
Octava parada, volvemos a la plaza, una bebida helada y tranquilidad, se baja de su auto un villalegrino con su tarjeta en la mano y apuntando desde lejos al cajero automático, sin pensar que alguien podría arrebatarla corriendo, otro ritmo, otra vida.
Novena parada, volvemos para regresar a la avenida, viene un bus, subimos. De nuevo ella en la ventana, fresca.
Décima parada, un buen café cortado en Talca, allá se nos cortó sólo el tiempo.
Llegamos alegres de Villa Alegre.
enreda como brazos de ebrio perdido
desmaya como nubes en colinas bajas.
huye con sábanas de niebla
claudica a ciegas, renuncia a ciegas
Huye, huye siempre de ahogos y abrazos
acierta al pecho y desangra el beso
las veces que el amor desea
aúlla llamando a su encuentro
arrodilla en campos de batalla
y en la fuerza del placer sucumbe.
al que discierne el latido
acostumbrados a racionarlo
alguna vez lo damos todo
y quedamos con manos de limosna tendida.
aprendemos a amar
entre miedos de amarra
en bofetadas de silencio
galopantes despidos
e inesperados rayos de olvido.
Aún así, amamos, amamos siempre.
Sylvia Rojas Pastene.
Hacía más de media hora, que sentada en la acera, esperaba a su primo. Demoraba y el calor le hacía ver pequeños espejismos en el pavimento brillante y enceguedor. El olor a frituras provenientes de las mil y una fritanguerías, de esa cuadra, ya no le hacía recordar su casa.Dos años atrás se habían incendiado y desde entonces vagaba de cartón en cartón sin más compañía que su primo David, al que había encontrado en las afueras de la estación.
Una noche lluviosa aprendió su primera palabra útil. Ambos, desesperados de hambre, habían caminado desde las faldas del cerro Esperanza hasta los locales del terminal de buses. Con la fija idea de pedir algo para comer y dormir en los carros abandonados de la estación.
Se acomodaron cerca, donde la oscuridad los mantendría protegidos. La vocecita del hambre comenzaba a cantar en ambos. Compartieron unas colillas y se frotaron las manos un instante. Se acercó, le arregló el cabello y el chaleco que llevaba brillante de sebo, le dió un empujoncito cariñoso y lo envío a pedir.
David, haciendo una especie de reverencia, se fue obediente a su misión. Cada cierto rato volvía enojado y pateando piedras, murmurando intentos de palabras y se dejaba caer al suelo, donde ella se escondía.
Repitió la acción unas cuatro veces, hasta que finalmente triste y cansado se acostó entre la basuras de los puestos, alejada de las manos de su prima. Nadie como él sabía lo rápida que era con las piedras y las manos, así que mejor era estar fuera de su alcance
Ella lo quería, era igual a su hermano menor, ero tenían que comer y pronto.
Después de un largo rato, lo levantó a tirones e insistió gritándole - vas a decir sopaipilla ¿oíste? nadie te da nada, porque no hablas cabro de mierda, tengo hambre y ya no puedo robar, me meten en cana gueón, pero a vos si robas te pillan al tiro, no sabis correr y si corres te caí a la primera zancada, patas planas, inútil, tenís que pedir mierda. David la miró intentando decir algo, con gestos, lo que a ella le pareció un -enséñame vos poh hambrienta-
Lo sentó en el suelo frente a frente, puso sus dedos en la boca y le dijo: repite conmigo ssss ooo ppp aaa -repite sopa-
-¡Gueón! te dije pide helados, no veí el calor que hace ¡patas planas-h-e-l-a-d-o-s !
-No, no, no, robé sopai- balbuceó inocente y con una sonrisa tan larga, como las gotas que lo bañaban de pies a cabeza.
Sylvia Rojas Pastene.

Tuve celos, amargos celos
hierros de hiel de extremo a extremo
convulsionando la cuenca y desmayé.
Tuve celos, agudos celos
furiosos dragones de fuego devorando
rompiendo, abrasando, cercenando.
Por un instante fui toda ira, guerra, muerte
enalbardé aguijones, lacerando mi boca
la misma que amó tanto, agonizó muda.
Después doblada supliqué por luz
la misma luz que sentaba su mirada de alegría en mi retina
esa misma luz cegó largas horas la razón y lloré.
Porque mordido el orgullo y fenecida la esperanza
uno llora a solas
y reconoce que ha perdido.
Sylvia Rojas Pastene.
La hamaca se mecía entre dos paltos. Boca abajo sobre ella arrastraba las manos rozando las frutillas. En algunas vueltas lograba arrancar una y llevársela a la boca. Las chinitas que goloseaban sobre ellas subían por sus manos, abriendo nerviosamente sus alas y volviéndose a posar sobre los cardenales. Se daba impulso para alcanzar las petunias que estaban más lejos o espantar a la gata Trini que ronroneaba de sueño mirándola mecerse. Cada cierto tiempo, Huesito pasaba por debajo en carreras locas tras los zorzales, haciéndola rodar bajo los damascos o dejándola enrollada en tres apretadas vueltas.Todo era silencio a esa hora, silencio de lentas tardes en su hamaca.
De pronto una comparsa de patos, no acostumbrados a ese rumbo, provocó una confusión entre sus mascotas. Un círculo de polvo dejó percibir por un segundo colas y alaridos. La prisa por acudir o un sálvese quien pueda, la tiró lejos de su hamaca y la hizo tropezar con largas guías de parras que se arrastraban buscando el agua del pozo que surtía los surcos de las frutillas.
Le dolían los brazos y la boca escupía blandos terrones. Cuando se apagaron las estrellas de la hecatombe, se quedó boca abajo, muda, esperando que nadie se despertara. Algo la hizo mirar debajo del hueco tronco, que permanecía por años frente a su hamaca. Vio varios envases de temperas, y a un lado, una cajita de zapatos con el nombre de su hija Francisca, se acercó un poco más, y curiosa la abrió. Caparazones de caracoles, caparazones pintados o decorados con manchitas, las más, llenas de círculos coloridos.
Las mismas manchitas que ella había hecho en sus caparazones permanecían aún, deslavados ya, pero inconfundibles, ahora servían de guarida a sus descendientes. Levantó la caja y vio rodar un sinfín de caracolitos bebés con arcoiris en sus espaldas…
Sylvia Rojas Pastene.
Amor mío:
Soy casi una sombra, una cerrazón de inválidas palabras, cada día me entrego al largo ejercicio, de mantener la llama encendida, por si en largas noche, el nauta que regresa, aviste mi luz por entre las rocas encendidas de púrpura amada.
He retenido ya tantas lágrimas, que tengo miedo de encontrarme a solas con esa especie de renuncia de ventanas sin luz, con ese cielo que promete silencios que nunca saludan.
Continuamente bajo a profundos pozos y allí me dobla el dolor de tu ausencia, rasgo vestiduras de ausencias cotidianas, de tu imagen cuido lo que la melodía arrebata en estrofas de amor.
Me encierro en ruidos y destilo la palabra alegría en vasos sin fondo, nunca logro conservar de ella caricia de olvidos.
Nada hay tras el que duerme, oscilando en medidas exactas, que mencione si vienes, o dejarás de venir. Siento que enloquecer no apacigua los ruegos, en cambio recrudece el lamento, me incita a clamar, a gemir y el péndulo latente de vergüenza cadenciosa no tiene fin.
Voy como va el mendigo sin ocultar harapos, anunciando pobrezas, parcelando el llanto. Voy tras noches completas de nubes sin formas, sin señales de olvidos.
Confieso que temo abrir puertas para que el samaritano vacíe su bálsamo contra el dolor, le doy mil caras de sonrisas y en cada rictus de mi boca está la palabra inconclusa que hiere y abate.
¡Ay sombras forasteras! no finjan al mirarme que traen entre sus manos, enlazada una tarde hermosa. Que en algún paraje o tras la vuelta de la esquina, hay una fuente de alegrías. Si tenéis lástima, o un ápice de espanto se cruza por esa mirada cobarde, comprended que tengo una puñalada hincada, que oprime y abate.
No prediquéis en vano voces de esperanzas, que yo las aborto, ellas nacían en mi, como esos días de luces y arco iris, en que la llama del quizás, o del tal vez, lograban encender la lámpara de mi cuenca vacía…pero ya no. Libérame o no digas nada
Mi abatimiento logra tener ritmo y sombra de gigantes, marcha al unísono del adiós. Le temo cuando me convierte en un ser de lástimas, publíca que soy apenas un alma. Y sobre esteros de caricias vagas, deja sin boca la desgracia
Le he dado tantos nombres a este néctar de amor y amarguras que las estrofas celosas claman por otras voces. Se burlan de mi diciendo, ¡allí va la olvidada! ¡la que aún sueña con palabras!
Intento disfrazar de locura la realidad descalza por calles de cordura y si alguien me pregunta por la mesura, les digo que olvidé ser quien era, que pueden ser el aplauso, que intenta ensordecer mi escena.
Estoy aquí, sin palabras, sólo las que dije tantas veces, se deshace este corazón acostumbrado a tu ternura, y no puedo olvidarte y no logro enmudecer tu lira.
Silba el viento entre mis celosías, una voz lejana y muda intenta descifrar todas las respuestas, cabalgan sobre mi mente certezas, entonces acribillo oídos, desgarro ojos, unto con veneno esta boca y voy cantando con voces hipócritas que ya no te quiero y que ya nada me duele.
Toda vida parece maliciosa, se propone burlarme, la de tez amarilla que asoma por las tardes, arroja luz sobre esta dolida faz y el que de día quema, descubre que algunos arrastran mentiras cobardes.
Convergen sonidos, se aproximan imágenes y por la mañana sobre un fresco prado diviso margaritas que tantas veces cortamos.
¿Cómo morir sin que acabe la vida?, sin que el tenebroso final me asegure que tras el paso afortunado de la hoz, este corazón logre tener agonía de recuerdos.
¡Ay de mí! ¡Cuán dulcemente invito a la muerte!...y en tanto es de día, le susurro tentaciones y ella pasa deshojando fiel, los últimos latidos del amor de ayer
El cadáver de una muerta, está repartiendo flores, hay un olor nauseabundo sobre suaves pétalos de amor.
Sobre el pecho le han colgado dagas, para que intente ir dando golpes a ese corazón que vio el amor, antes de ver sus ojos y el sol.
Retengo la última lágrima, pero ella empuja, brota se desborda y cae.
He resuelto comprar mi esperanza de ilusiones muertas, con un hilo carmesí de gran precio.

Intentos
Con manos imaginarias empuja, araña, rasguña. Cruelmente amortajadas, las otras no tienen espacio para elevarse.
Las piernas imitan pasos veloces, apresurados, pero la punta de un zapato permanece atrapada al clavo del primer martillazo y el otro, el otro no lo siente.Usa su boca dura de hierro, articula aguijoneadas palabras para gritar. Un largo y pesado mutismo le ha condenado.
Bacán
Se tragaba los cereales, los empujaba con sus dedos. Una pesada mano sobre el hombro la hizo girar. El envase rodó lejos. Sentía que mil ojos la atrapaban. Retrocedió haciendo reverencias, hasta que estimó que ya podía correr.
Desenfrenada fue a dar a la escalera mecánica. Gritó unos cuantos mierda empujando, y brincando de peldaño en peldaño hasta caer a los pies del guardia del primer nivel.
Algo le molestaba más que el hambre inconclusa, la filuda uña de la promotora de cereales, aún estaba clavada en su cuello. Un hilillo de sangre corría hasta el borde de sus nacientes pechos.
No había sido tan bacán, como le dijo Miguel.
Sylvia Rojas Pastene.
Le costó despegar su frente adosada al vidrio, el calor la humedecía como medusa.
Ya la habían sacado dos veces del restaurante. La primera le pareció raro, que todos estuvieran resfriados.
La segunda pensó, tanta gente asustada, debe ser caro comer aquí... pero no hay una sola mesa libre y se dejó llevar fuera.
Lo intentaría de nuevo, quería dejarles un calendario.
Estaba a punto de poner un pie en la puerta, cuando una sirena la ensordeció. Debe ser la ambulancia se dijo, a buscar a tanto ser enfermo y asustado.
Sylvia Rojas Pastene

Napoleón:
Lo he pensado largamente, antes de enviar esta carta. Pero al fin tomé fuerzas. Estuve semanas buscando un buen diccionario en las tiendas y he pasado estos últimos días con él en mis manos, te preguntarás para qué. Para buscar las mejores palabras y rociártelas con estilo: estúpido, deshonesto, cruel, Otelo, canalla, mentecato, inútil, simple, bastardo, care palo, todas las que te mereces y todas las que te peguen en las que te dije.
Pensaste que me quedaría callada y que dejaría que te rieras de mí. Ya ves que estabas equivocado
De paciente no tengo nada. Asumo que me asombró tu linda cara y me dejé arrollar de tus adornadas palabras fatuas, es verdad.
¡Ay! Napoleón, ¿cómo has podido ser tan falso? no era yo la única, había tres doncellas más esperando tus llamadas. Ya me lo decía mi amiga Josefina y nunca le creí. Ahora creo con toda seguridad, que también a ella le deslizabas las manos por entre el corsé, que la peinabas recostada en la banqueta, esa repleta de madreselvas del palacio real. ¡Debí fijarme! después de todo lo hacías con tu peine de oropel, habría encontrado restos de otros cabellos ¿ves lo confiada que fui?
Cuántas veces me fijé que en tu elegante chaqueta, más de algún botón solía estar sin abrochar y lo justificaba, por tu apremio para venir a mi encuentro. Yo, no sólo estaba ciega, ¡ay! estaba tonta, sorda y muda...cómo se suele estar algunas veces, cuando se cree amar
Ahora entiendo tu cansancio, pensé que eran tus batallas, tu arduo trabajo imperial ¡pamplinas! te gustaba beber de la fuente del vecino y refrescarte en abrevaderos ajenos. Por eso muchas veces mmmh por eso te falló el intento y me dormía en tus brazos lacios, de tanto esfuerzo.
¡Ay! me está subiendo el diccionario de nuevo: ¡ descarado, sinvergüenza, cínico, desfachatado, impúdico, fresco, despiadado, necio, oportunista, arrogante, malvado, ruin, sórdido! Pag. 69
Mira desquiciado de mierda, hoy quemaré cada una de tus cartas y esa flores que enviaste, la última noche que no llegaste, esas me las trago de pura rabia.
Intenta desaparecer de mi vida, y guárdate tus lindas frasecitas construidas para acallar mis dudas, “que la distancia nos hace bien, nadie me entiende, te llamo luego,
es todo lo que puedo darte, no puedo vivir sin ti, me muero de celos, no me seas infiel, cuídate
pórtate bien” ¡qué cantidad de mentiras huevón! yo era fiel y te amaba.Pensaba, el amor golpeó a mi puerta, las carambolas, la estupidez y la ceguera querré decir mejor, me golpearon no sólo la puerta, me abrieron todo el portón trasero. Me querías colonizar para que fuera, tu esclava, tu peón, tu sierva, tu cautiva, tu dominada.
Pero no me pidas que me conforme con poco, ¿sabes por qué? porque me merezco lo más grande, lo mejor, todo, nunca migajas, ¿ me oíste ¿ esa baladita te las vas a ir a cantar a otras colonias. Mientas tanto yo te gritaré, gracias a mi diccionario: ¡hijo de puta, mentiroso, falso, inicuo, desleal, infiel, troglodita, simulador, embustero, atroz, atroz! (Fe de erratas)
En fin, lo que único que he logrado de esta linda farsa y comedia, es este buen Diccionario de Sinónimos y Antónimos y ya no me digo más ¡qué atrevida soy! me digo:valerosa, brava, osada,
resuelta, emprendedora, capaz ¡Valiente! Pag. final
Napo te tapo para siempre.
Adios, chao, hasta nunca jamás

¿Qué sombra es aquella que mata las orquídeas antes que abran y emanen aromas?
¿Qué mano invisible corta sus tallos antes que madure el estambre y derrame su néctar?
Pimpollo maduro ¿dónde te has cegado de luz y de polen?
¿Qué jardinero ha esparcido en otro cáliz las gotas temblando de miel?
¿Dónde puedo esconder la fragancia para que las tardes moribundas y perfumadas de otras flores no confundan el aroma de mi pequeña orquídea?
¿Que dolor ronda y detiene el ejercicio que perfuma los rincones inaccesibles que te han negado?
Quizás tejer cortinas para asilar tu matriz y dejar que florezcas dormida bajo el silencio del olvido.
Yo soy buena
juro que soy buena
te digo mansamente al oído
que buena soy
que no pienso lo que piensan
todas las fatuas mujeres que has conocido
pienso en duplicado,
una palabra buena y una palabra cruel
acaricio con la buena
y atravieso con la cruel
¿Ves que soy buena?
te advierto
te señalo
te aviso
te prevengo
buena soy
¡Antes de embestir!
Sylvia Rojas P.