14 de enero de 2008

Sopaipillas de verano

Hacía más de media hora, que sentada en la acera, esperaba a su primo. Demoraba y el calor le hacía ver pequeños espejismos en el pavimento brillante y enceguedor. El olor a frituras provenientes de las mil y una fritanguerías, de esa cuadra, ya no le hacía recordar su casa.

Dos años atrás se habían incendiado y desde entonces vagaba de cartón en cartón sin más compañía que su primo David, al que había encontrado en las afueras de la estación. David era medio sordo y apenas lograba articular una que otra palabra.

Una noche lluviosa aprendió su primera palabra útil. Ambos, desesperados de hambre, habían caminado desde las faldas del cerro Esperanza hasta los locales del terminal de buses. Con la fija idea de pedir algo para comer y dormir en los carros abandonados de la estación.

Se acomodaron cerca, donde la oscuridad los mantendría protegidos. La vocecita del hambre comenzaba a cantar en ambos. Compartieron unas colillas y se frotaron las manos un instante. Se acercó, le arregló el cabello y el chaleco que llevaba brillante de sebo, le dió un empujoncito cariñoso y lo envío a pedir.

David, haciendo una especie de reverencia, se fue obediente a su misión. Cada cierto rato volvía enojado y pateando piedras, murmurando intentos de palabras y se dejaba caer al suelo, donde ella se escondía.

Repitió la acción unas cuatro veces, hasta que finalmente triste y cansado se acostó entre la basuras de los puestos, alejada de las manos de su prima. Nadie como él sabía lo rápida que era con las piedras y las manos, así que mejor era estar fuera de su alcance

Ella lo quería, era igual a su hermano menor, ero tenían que comer y pronto.

Después de un largo rato, lo levantó a tirones e insistió gritándole - vas a decir sopaipilla ¿oíste? nadie te da nada, porque no hablas cabro de mierda, tengo hambre y ya no puedo robar, me meten en cana gueón, pero a vos si robas te pillan al tiro, no sabis correr y si corres te caí a la primera zancada, patas planas, inútil, tenís que pedir mierda. David la miró intentando decir algo, con gestos, lo que a ella le pareció un -enséñame vos poh hambrienta-

Lo sentó en el suelo frente a frente, puso sus dedos en la boca y le dijo: repite conmigo ssss ooo ppp aaa -repite sopa- El miraba y trataba de imitar el movimiento de su boca, después de largos intentos y con la espalda empapada, logró que dijera en dos partes sopai-pillas, caminaba y repetía- sopai-pilla- saltaba feliz -sopai-pillas.

Volvió a los puestos y aunque demoró bastante, lo vio correr de regreso como pato con su valioso motín, en una vara de coligue traía ensartadas unas enormes sopaipillas bañadas en ketchup y mostaza.

Todo el invierno estuvieron juntos y ahora, en pleno verano, seguían buscando restos, pidiendo y alojando con extraños debajo del puente del río Piduco o cerca de la fería.

Ahora el calor arreciaba, la mugre delataba su rostro, le corría una espesa gota desde la frente hasta la barbilla, de un café intenso, dibujando su pobreza. Lo vio aparecer de pronto y saltó sobre él, traía como diez sopaipillas en un tenedor de plástico.

-¡Gueón! te dije pide helados, no veí el calor que hace ¡patas planas-h-e-l-a-d-o-s !

-No, no, no, robé sopai- balbuceó inocente y con una sonrisa tan larga, como las gotas que lo bañaban de pies a cabeza.

Sylvia Rojas Pastene.

2 comentarios:

Jana R. dijo...

Me encantó Shyvy, ¿Así que sopaipillas?, nunca las he probado, pero es que tb quiero helados.

Abrazos juertes, poetisa linda,
Janita.

profetabar dijo...

Esa pobreza se repite a diario, no se necesita enseñar, se trae almacenada en la memoria, cuando abres los ojos la pobreza ya está instalada como esa hambre infinita que no se sacia en ninguna mesa bien servida. Cuando se forma parte del hambre una sopaipilla suena a caviar y manjar. Esta hambre es parte de una infancia real, del instinto innato, para sobrevivir en calles y cárceles. El hambre no se enseña, se siente, se vive y se duerme con ella.