
Días lentos, cargados de sol sin sombra.

Deja que la tierra se deleite entre tus huesos
acaricie los párpados colmando las cuencas
adormezca la piel y nutra el poro del suspiro
endulcen la boca manojos de remolacha
y las gusanos bajen encantados a manosear orgasmos
deja que el polvo vuelva al polvo
el corazón haga barro sangre
y a las pupilas nunca más las bese el sol
que el agua subterránea pase cantando entre las piedras
con dedos que nunca tienen frío o canto de frío
y en las orejas colmadas de tierra
se asienten todos los sonidos de la vida
la lengua sople la muela del juicio
sobre el reguero que alimenta campos de trigo
y la pelvis danzando
bajo la profunda tierra generosa que olvida
esté con dolores de parto y terrones
y escribas con saliva sobre el lodo
todas las palabras que esa boca de suspiro no pudo
o el tiempo colgó en campanas de sordos
deja que la tierra llame para dormir
y desentrañe el canto de sirenas que nadie traduce
hasta que se encuentra bajo el musgo de flores
que renacen cada primavera colmando los minuteros
para atrapar segundos de sonrisas
o marcando el reloj de horas extras
porque han tocado el último clarín
y has colgado en ventanas el letrero
"Regreso a la tierra que todo lo cubre de humedad y lombriz"
y estarás en algún anzuelo
esperando la boca más grande de pez de laguna
o sencillamente de charco
según te haya tocado en la repartición de turno
o en la lista de almanaque
baja a la tierra moldeada de raíces
baja y acomoda el sueño
que aún queda espacio para untar huesos
asir arados bajo surcos de vida
estar en algún bocado de liebre
o en pétalos de siemprevivas
y pletórica de fragancias abrazadas
comprenderás al picaflor que tiembla
entre néctar y voz de ninfa
batiendo la vida y marcando el son de regreso dormido.




Hay ventanas abiertas que parecen cerradas
y ventanas cerradas silenciosas que pocos cruzan
herméticas ventanas sobre quicios doblados con
cerrojos de vergüenza ocultando madrugadas de prisión.
Asquerosas ventanas fingidas
abiertas de aplausos, vítores y zalamerías
si morimos ahora, nadie podría sacar el ataúd
la gente estaría en la puerta inflando la pasada
comentando la vida con slogans
sin saber que todo se va felizmente en calma
a pudrirse bellamente bajo herraduras de caballos
acequias dulzonas de mierda, hambres y olvidos.
Hay también ventanas nítidas para tomar la vida como muerte
no crían alas, ni estampitas de piedad
sólo se cierran al soplo.
Hay ventanas besadas de termitas y cristales
para recolectar silenciosas vidas buenas
ventanas que no han visto pasar la noche
hacia el estero de justicia después del peaje de luna.
Siempre es bueno abrir ventanas dulces y amargas
cada cierto tiempo cambiar de ubicación
apretar la boca inundada de vapor sobre cristales
y dejar que las gotas se deslicen desde ventanas hacia el polvo amigable.


Entró lentamente en puntillas de espaldas hacia delante de prisa. Estaba oscuro, pero oscuro verdoso claro. La escalera estaba al fondo, casi al inicio de la puerta trasera. Caminó derecho hacia la izquierda. Comenzó a subir peldaño a peldaño, de dos en dos cada paso. Uno por medio tenía un mensaje particular. El primero lloraba, el otro crujía, el siguiente mugía, el cuarto se taimaba, el sexto decía ñia, ñia, el octavo y último dijo: estás abajo.
Entró al primer cuarto. Al retroceder las tablas resecas crujieron como pajal ardiendo avanzando, como voz de viejecilla contando cuentos de juventud, como gemido de perro hambriento de tanto comer.
Un paso más y se quiebra el grueso piso. Se alejó del centro y caminó sospechando las vigas que soportaban el peso medio a medio. Un paso más y se tapó la boca para no castañetear los dientes. Un paso menos sujetando la barbilla para no babear miedo. Un paso más y el estruendo de la caída la hizo saltar hasta el techo y caer sobre liquido ámbar. El olor de la orina de dos días le salpicó el rostro. -¡Esa mala costumbre de llevar bacinicas al primer piso, teniendo letrinas con cadenas largas de aguas servidas arriba!- gritó silenciosamente mirando hacia fuera a todos lo que desde dentro le habían dejado entrar a esa vieja casa abandonada por nueva.
Imagen M.C. Escher.



Si no vienen
a cantarle una nana
los miedos susurran ilusiones
levitando muertos
debajo de las camas.
Tras el closet
una niña perdida
amamanta lágrimas de miedo
abofeteando ojos
de oscuros fantasmas.
Cruje el techo
se acercan ventanas
arde el latido
como pulso de lava
y en la saliva apretada
peces amargos nadan.
Pero si le cantan nanas
una linterna
de luciérnagas claras
alumbrará rincones
despedirá el miedo
rebanando carcajadas.
Sólo las nanas
espantan los cucos
que asoman de noche
hasta la madrugada
ella no quiere ser niña
ojos de miedo sin nanas.


Sola como el gato que atraviesa la cornisa
equilibrado en saltos de aire y noche
sin trampa de vergüenzas o arañazos
sin cercos para el que llega o se va
destierra fantasmas acompañada y sola
en quietud asumida reina.
En cristales sobre pies alados
atrapa margaritas en versos de su boca
y en su sonrisa sin miedo una corona de soledad
atraviesa la vida quieta.
Con ojos desgajados de penas falsas
huyen estaciones y elegidos recuerdos.
Alcanzada de orgasmos habita
en la mirada y la palabra sola
sin espejos para el beso solitario
perfumando el labio de mujer sola
ni huyendo ni buscando concibe una perfecta soledad
sin miedo a solas o consigo misma.
Una hormiga, una sola hormiga cerca de la sandía, del tazón de leche o un trozo de pan pelado, es señal de espionaje. Esa llamará a muchas para babear la sandía, ennegrecer el tazón y migajear el pan. Si se descuida tragará sin darse cuenta una acoplada y flotante nube negra. La picazón en las amígdalas le recordará que no hay altura que ellas no alcancen. Por tanto, hay que detenerla pulsando el dedo índice sobre su espalda, mantener suavemente durante tres segundos y soltarla. Sí da vueltas en redonda y no sabe hacia donde correr es una hormiga perdida, que a la menor presión se marea. Si queda pegada a la yema, usted es un asesino en potencia, aprieta al más débil. Si sube por su mano y además de lamer sus guisos, saluda, es una confianzuda. Si corre así como de medio lado, no hay para que comentar, es chueca. Pero si se hace la muerta, y al cabo de un rato ya no está, acaba de descubrir a la hormiga espía un poco tarde.





La sabana crujiente de sol, expele un aroma a ramas secas y a sangre endurecida. La visión imagina sombras, efectos volátiles y espejismos en pavimento asfaltado.
Mientras camina recuerda su niñez. Fue una piojenta contumaz. Cuando rascarse era tan divertido, como sacarse en público liendres y piojos. Todo ello era un espectáculo cotidiano en algunas partes de África. Nunca supo si se imitaba a los monos o ellos los imitaban.
El calor hace que las cabezas se inflamen de tanto mordisco piojento, que la sangre corra por las orejas confundiéndose con el negror de la piel.
Avanza lento, de sus pies asoma la rosada carne en dedos hinchados. Se detiene cada cinco pasos, se inclina y lucha contra el deseo de desplomarse de fatiga y hambre.
Un paso le ha traicionado. Prueba el calor de la tierra con su lengua. Se da vuelta y de espaldas al suelo la danza de buitres se acerca y aleja de su lente visual. Sacude el polvo y pajilla que se enreda en sus crespos cabellos. Intenta levantarse pero cae de rodillas, su cabeza oscila como marioneta. Inclinada sobre su falda contempla una nube negra rojiza y circular. Con dos de sus dedos encostrados, pelea con la huidiza caravana que intenta bajar. No los revienta, los mete en su boca como loca uno tras otro. Bebe de su propia sangre espesa y oxidada. Ya no usa uñas, no las tiene, sólo muñones arrugados y secos.
Sylvia Rojas P.


