27 de abril de 2008

Inconclusa





















Soy un cuerpo de mujer inconclusa, que quisiste tallar con tus manos de artesano. Me dirás alguna día ¿cuál fue el árbol que elegiste en la noche apagada? ¿cómo bajaste cargado de esperanza por tu creación? ¿fui madera nativa o árbol desarraigado?

Ya no importa, sólo sé que cada vez que robabas de mi madero la astilla afilada, para que mi cóncava piel te recibiera como racimo de besos, tuve miedo. Mis labios, como lenguas de fuego quemados al calor de tu gubia, arrojaban sonrisas. Algunas veces te asustaron mis formas y me retocaste muchas otras. Yo no fui bella más que en tus manos de artífice bondadoso, pues aquellos que pasaron cerca, no encontraron belleza en mí. Dime ¿sin querer demoraste? ¿o me querías inconclusa? ¿fue acaso tiempo cascabeleando entre tus manos? ¿o del corazón cayó la fuerza?

Nunca fue más laboriosa tu rutina en la madera de mi cuerpo. Cansado muchas veces gritaste, ¡no puedo acabarla! ¡no sé que ojos regalarle! ¡no sé como peinar sus cabellos! Pero el rictus de mis penas dibujaste con perfección y no fue crueldad, quizás ya traía alma de inconclusa.

Moldeaste un espíritu fuerte y sobre la altura del genio un corazón débil.
Para tus deseos, trazaste una carne dispuesta al beso y para el abrazo me perfumaste con amor de roble, me regalaste flores en los ojos y a mis oídos caracolas en canciones.

No te vayas, aún estoy inconclusa, aún me falta el núcleo para albergar tu cabeza de hombre bueno y las manos para rozar tu ojos ciegos de huida.

No me dejes así ¿ves que no huyo ante el dolor de tu trabajo? voy dispuesta a someterme a la punzante aguja, al calor de tu sellado y al barniz profundo que dejará las luces de mi felicidad petrificada.

Sigue tallando, dame formas, convierte en realidad el misterio del amor. Dame, pulso latente en mi vientre de mujer aromada de deseos, y concédeme la conclusividad

Mi tallador, mi artista, mi genio, no te vayas sin terminar el madero de mi cuerpo. Se mi Dios termina tu creación.

Mas si no puedes terminarla, ven, acércate al madero y reposa en la caoba boca inconclusa, tu boca de acero y deja las huellas de tus lágrimas sobre mi costado abierto, que ya te he perdonado y sé que no eres Dios.



Sylvia Rojas P.
Junio, 2006.

El amor y unas lágrimas
















Me dijo un joven poeta: escribes sobre el amor
creo que escribes mucho sobre el amor
y mientras decía aquello, me recosté sobre el pecho de un poeta
y le dije: este guevón debió ser engendrado en odio
y unas locas lágrimas también guevonas,
porque las lágrimas en público no son más que aguas gueonas que se safan de la testa.
Agregó: pero ahora que te escuché recitar, veo que manejas muchos otros temas
Chucha pensé, si hablara de una vez, estas lágrimas desubicadas
las habría ahorrado, pero como estaba a flor de piel...
Le alcancé a decir a otro poeta, este weón no sabe, que el amor para mí, es el más completo misterio imaginativo que existe en este maldito hermoso mundo que habito.
Después me desprendi del oído y aunque habló toda la noche, no le escuché ni un gramo.
Me descolgué del hálito de poesía y me ensoñé en el amor.
Lo cual es siempre mejor temática, que mis quejas eternas sobre la sordera y las máscaras.

Te extraño























Te extraño
me afirmo como hoja temblando en el viento
como herido sobre la bayoneta me inclino
avanzo desmayada sin fuerzas
ahogo el cráter de suspiros
y te extraño…

Agoto mi voz, mis palabras
cierro el oído a tu presencia capturando otras voces
invito pensamientos, los halago con bienvenidas
mas cuando se cuelan silencios
vuelve a mí el recuerdo
y te extraño…

Te extraño y duele
las fuentes una vez rotas se perfilan
sobre el espacio oxidado llamado olvido
no hay muerte de recuerdos, sólo hay silencios
sin vida útil.

26 de abril de 2008

Máscaras y caretas


















Con esta máscara me veo mucho mejor

con la anterior me confundieron muchas veces
con una intelectual loca.
Esta hace juego con mi vida rosa.
La verde la dejaré
para visitar a un falso ecologista
y la de la esquina, esa de hierro
me la pongo cuando quiera pasar por insensible.
Tengo en el cajón del medio
una de cartón piedra
me gusta llevarla en la noches de narices frías
con los miserables callejeros.



Hace poco me regaló mi amiga
una con forma de letras mudas
¡esa es increíble!
cuando tengo que hablar, calla
y cuando debo callar, parlotea.

Encontré en un closet ajeno una con gemidos morbosos
me sirvió para las noches
en que me atrevo a vivir en celo.

Confieso, que una vez me puse una de falsa piadosa
era insuperable
me sirvió para no aburrirme
en funerales y sermones santurrones.

Bueno, no quiero ir por la vida sin una
si me pillan desprevenida
pueden decir que soy franca y transparente
y eso es absolutamente cierto
pero para creerme ustedes
deben usar siempre su máscara de crédulos.


Sylvia Rojas P.

25 de abril de 2008

Manos para mi hija











En estas manos
no caben hija mía tus sueños
debes abrir las tuyas y dejarlas volar.
Una noche divisas un suspiro de estrellas
y vas por ellas, cogiendo las que basten
dejando algunas para los que vienen detrás
Derrama sobre las manos del herido
una montaña desalambrada.
y roza con tus manos el son de libertades
que debes surtir y entregar.
Si la dejas reposar por mucho tiempo
verás que se agusanan.

Intenta mirar tus manos por las noches
si no puedes ver su áureo color de justicia
si no se transparenta la piel
y cae como carcoma de tus dedos la impiedad
y ves jugar la usura como anillo
entonces, ve a coger como Margarita Debayle
una estrella que cauterice la ponzoña
corta, cada muralla con esas manos nuevas
y levántalas limpias sin manchas.

Si a pesar de todo,
el trompo que gira constante te atrapa
el mundo no te despreciará
quizás te aplauda.
Entonces comprenderás
que estar cubierto de simulada carne
que redondear el seso
vender las manos
alardear de honradez
y vestir coraza de guerra
es sólo sinónimo de derrota humana.

Pero siempre hay esperanzas
podemos levantarnos una y otra vez
volver a intentarlo, divisar otras estrellas
y subir a cogerlas
mientras no cercenen vilmente
como a Víctor Jara, nuestras manos.

21 de abril de 2008

Herida























Sobre este duro nido
de mi pecho tan gélido
alguien fue sembrando dulzuras
brasas, consuelo.

Así, tras la tibieza del ruego
se fue despertando lento
como naciendo a la vida
fue creyendo de nuevo...

Mas un disparo de hielo
cobarde de sangre y verso
abrió en lo profundo la herida,
que una vez fue cuajo, hiel, duelo.

Tengo el dolor detenido
a ratos suspiro lento
siento el pulso de la vida gravitar lejos
y al dulce llamado eterno
me dejo llevar resignada, temo.

En vano sujeto la vida
ella se va sin esfuerzo
yo la dejo salir...
débil
triste
desconsolada
muero.

19 de abril de 2008

Un beso

















Me besó, me robó un beso, nos besamos, en fin
algo pasó, que de pronto me sentí desmayada en su boca.

Ganas tengo de que vuelva a besarme
pero, a ratos dudo...
No sé si al retroceder fuimos a dar labio con labio.

Quizás no me besó
quizás sólo colisionamos en suspiros húmedos
o quizás fue venganza por mirarle toda la noche con novedad.

Desde que entró traía un arco de estrellas en su mirada
y quise probar a que sabe un beso inesperado
en este cotidiano mundo
planificado de emociones concertadas.

Colisión









La flecha verde

besada por mariposas rojas

y sobre la aguja acusando 170

la última gota de sinapsis.

Un paso












Sólo cuando retrocedes, te das cuenta que habías avanzado.

12 de abril de 2008

Escribir
















Hay tantos que dicen lo que se debe hacer para escribir bien
y yo me río...
Editan manuales y escriben libros
y me sonrío...
Porque muchos de ellos
escriben sin errores, con estructuras perfectas
pero sin vida.
Y me vuelvo a sonreír con los que sí escriben bien
éstos, los menos, no hicieron más que escribir y escribir, hasta escribir bien.

Mariposa en fuga










De su boca

ha escapado la mariposa alada

a tierras que no conoce

y que le vestirán de olvidos.




Sylvia Rojas P.

11 de abril de 2008

Mi bello loco

Lo vi un segundo, iba loco, con los ojos perdidos y una mano levantada deteniendo los autos para cruzar la calle. Cerré los ojos en un gesto de terror al pensar que sería atropellado. Pero nada, los sorteaba con maestría. Me devolví acercándome prudentemente a su lado. Hablaba solo y se respondía. Acomodaba su cabellera, un enorme moño amarrado con lanas de colores.

Jugaba con una calculadora vieja, la usaba indistintamente como celular, como radio y se reía, sentándose a terminar una aparente conversación que lo obligaba a argumentar. Cerraba negocios, enviaba ordenes y parecía organizar el trabajo de una gran empresa. Había destellos de lucidez, luego cambiaba de tema. Otro personaje le acosaba y cambiaba su voz, se lograba diferenciar una textura diferente, era amable al inicio, luego contradictorio. A ratos callaba paseándose apresuradamente en un espacio reducido, pensé que se estrellaría con el puesto de vendedores ambulantes. Luego se sentaba en la vereda, afirmando su espalda en las cortinas metálicas de una tienda. Nadie le ponía mucha atención. Acostumbrados a su cotidiana presencia y su rituales eternos.

Nunca fijaba la vista en alguien, menos en mí. Yo disimulaba mirar unos escaparates. Mi loco buscaba algo debajo de su vestimenta, un estela de humo se lograba divisar, cargada de aromas. Era un olla con brasas que llevaba colgada de su cinturón, y dentro de ella, otro tarro con su comida.

Intentaba en vano coger su espíritu, quería atrapar el ser que veía y que me subyugaba, pero nunca pude hacerme visible en su espacio, me ignoró siempre o no me vio nunca.

Suspiraba largamente, con la vista perdida, se dejaba existir entre la vida existente. Loco bello, mi bello loco. Me sentí largamente enternecida, era mi hermano en la locura y no logró interceptarme nunca.
Caminé de regreso a mi auto, llena de interrogantes y de cordura falsa.

9 de abril de 2008

Autoexterminio



















Se tomó del cuello y se obligó a confesar. Callada, se mantuvo así largo rato con la mano aprisionando el hálito de vida falsa.
Se resistía, poco a poco cerraba los ojos, sin aire suficiente para volver. Soltó la mano con mordidas de última ocasión, luego se apretujó contra una pared y allí cayó lenta pero desmayada, bajo un manto de oscuridad repulsiva y escuchando suspiros ajenos.
Nadie vio su intento de exterminio.
Si al menos hubiese llorado, algo de esperanza, habría alumbrado las últimas pisadas, pero ya no había más que solemnes palabras para la justificación, como tesis gradual de político actual
Había visto su utopía vendida, le había dado dos minutos de tregua y ésta se vendió al mejor postor.

6 de abril de 2008

Voces

















La madrugada sorprende comulgando en voces extrañas.
Asiladas en esquinas o en rincones de liviana esperanza.
Siempre desmaya la vida sobre voces cansadas.

Se parecen las palabras, aquellas eternamente cerradas.
Esas que no son gritos pero al menor soplo se escapan
Como bandadas de nubes entre párpados mojadas.

A veces desmaya el viento sobre voces de nubes blandas.
Sopla con voz pausada entre silencios y lágrimas.
Vamos cubriendo la vida de cristales y palabras.

Hay voces que nos liberan o si queremos atrapan.
más nada podemos hacer si el cielo promete lluvias
cuando andamos sin paraguas.

30 de marzo de 2008

Equilibrista ciego


















Él baila feliz
no sabe que bajo sus pies
alguien le ha robado
la música de fondo.

Sylvia Rojas Pastene

28 de marzo de 2008

Sueños














Soñé que soñaba
y en lo profundo del sueño

cabían todos mis ensueños.

Sylvia Rojas Pastene

23 de marzo de 2008

Si

Si te alejas con esa levedad
de las bellas cosas simples
como luz de cielo otoñal
palpitando entre gotas y sombras.

Si te alejas sin volver jamás
sin arco iris detrás de la lluvia
sin vapor de humo buscando el sol
palabras cautivas de ruegos
entonces comprenderé
¡cuánto me amabas!

Pero si sigues cercano al acecho
espiando mis pasos
dibujando mí sombra
soplando en suspiros
husmeando a hurtadillas
entonces inventaré en silencio
un remolino de mudez
una huída eterna
para callar mi boca.
para acallar la tuya
y te odiaré.

El amor para este corazón
ha de ser siempre
evidencias hermosas
un volcán vivo quemante cercano
o hielo muerto petrificado lejos.

Café con media cucharada de tristeza













Siempre que regreso de un café, sé que estoy triste
inmensa y profundamente triste
y entristecida además y no sé el porqué
definitivamente jamás sé, con precisión lo que es
si la luna que siempre coincide con mis escapadas a un café sola
o la poca gente que sale por un café tarde
o la pequeña brisa que se acomoda bajo mis piernas
o el pájaro que pasa rondando mis ojos
o la cigarra que elige cantar ese tema que quiero olvidar
o las calles tortuosas que me saludan sin prisa
a veces creo que es la cuenta del café
que nunca la paga un buen amor
o las fotos que encuentro en mi billetera
o las pocas tarjetas que no me gustan
porque me hacen pensar en fin de mes.

Sé que voy alegre y despierta
con ansias de que dance el aroma del café por mis narices
pero cuando salgo, se cuela la tristeza y la luna me persigue siempre
si es ella la culpable, la próxima vez llevaré piedras para tirarle antes que abuse
quizás un velo negro en los ojos o un trozo de vidrio quemado
de esos que hacíamos cuando niños para ver eclipses
si es la gente, no miraré a nadie, iré cabeza abajo ciega
si es la brisa, un ventilador para soplarle un nuevo rumbo
si los pájaros, una honda de caucho y no dejar ninguno aleteando
si la cigarra, le cortaré un ala, así dejará de fingir que canta
si la desmayadas calles, entonces volaré para no pisar su polvo
no dejaré que la tristeza me ate y humedezca estos ojos cansados

Quizás sea el café el culpable
quizás mi café ya trae media cucharada de tristeza
y afuera algo agrega la media cucharada que colma mi taza.

17 de marzo de 2008

La cieguita arcaica

Tiene la cieguita
ganitas de ver
por el ojo bueno
todo por doquier.

Ella nunca se atrevió
a mira dos veces
lo que le gustó.

Ahora la vemos
buscando el amor
que la vida mala
siempre le negó.

Ciega tontita
cuide el amor
no se vuelva lesa
con el desamor.

15 de marzo de 2008

Rostros dormidos





















Detrás de las visiones

hay un rostro dormido

en señales de tiempos.


Delatando lo que fuimos

y cómo nos han herido de olvidos.




Esculturas en madera
Carlos Gaminao ( Artista mapuche)


Tempestad automática

Nada había hecho presagiar semejante tempestad. De pronto todo se obscureció. Una espesa bruma resbalaba por las ventanas. La furia del agua, hacía vibrar los asientos. Imaginaba una especie de enormes brazos que parecían querer devorarlo todo. Miles de gusanillos de agua bailaban en el espejo retrovisor. El viento lograba despejar unos instantes la visión, pero se volvía a borrar. Se mareaba, parecía que un furioso remolino los elevaría hasta las nubes. Su ropa estaba empapada, pronto el agua les llegaría hasta el cuello. Desgraciadamente las puertas permanecían férreamente cerradas, era inútil, los seguros no respondían. Cuando pensó que ya no podría resistir el terrible desenlace, la voz de su madre lo regresó a la realidad- ¡este cacharro viejo no resiste los lavados automáticos!

Látigos
















Golpea, soy yo
golpea, soy tú
golpea, soy el látigo
golpea, golpea fuerte
soy a veces tú, a veces yo, otras el látigo.

14 de marzo de 2008

Otoño

http://geo.ya.com/LaIslafotos/blog/otono2.jpg


En cada paralelo hay un otoño escondido y quieto

equilibrando los días rojizos de sombras.

Cuando las hojas caigan será otoño

cuando las hojas caigan será otoñó


Las aves desarman sus nidos cantando

todo es un eterno retorno.

Cuando las hojas caigan será otoño

cuando las hojas caigan será otoñó.

4 de marzo de 2008

Calibre 356 Win

El arma se disparó accidentalmente. El personaje de mi novela había pasado a mejor vida.

Siento decirles esto, pero tenía la trama de la novela lista, la cantidad incluso de capítulos, los personajes eran realmente atractivos, algunos muy divertidos, otros un tanto crueles, los más sin un dejo de escrúpulos.

Confieso que cometí el gran error de dejar sobre el manuscrito, el arma que usaría para describir el terrible crimen. En un momento de descuido, cuando fui a la salita donde recibiría el primer adelanto por la publicación, senti un ruido ensordecedor.

Sospecho que elucubré mucho una escena y lo dejé solo dando vueltas en mi cabeza, a merced de la curiosidad, con el arma cargada y mi codicia en primer plano.


1 de marzo de 2008

Cortados por café

Se sentaron a conversar. Ella estaba igual, quizás más interesante. El había cambiado, usaba barba, había subido de peso, lucía muy bien. Se vestía distinto, se movía distinto. Ella lo miraba complacida. Hablaba con entusiasmo y seguro. Era otra persona, el macho anterior era tímido, le costaba hablar. Ahora la interrogaba, cambiaba de tema y se reía con facilidad.

La había interceptado en el supermercado, colisionando intencionalmente el carro con el suyo. Pensó, este imbécil no se fija por donde va, y murmuró, huevón tarado. Al mirarlo, él se reía a carcajadas. La invitó de inmediato a un café. Se atropellaban en palabras y en sucesos vivenciados en esos tres años, se miraban cómplices, se buscaban con las manos, todo era un lenguaje sensual entre ellos. Ella pensaba ¿yo dejé ir a este macho?

En lo más animado de la conversación, una mano en su hombro, la hizo girar ¡ah no! era su amigo transversal, como solía llamarle ella, quien siempre estaba allí, para sus penas y alegrías, el que le llenaba el celular de mensajitos en las noches más oscuras. No dejó de sentirse turbada, pero después de presentarle, él sin esperar invitación, se sentó, subió una pierna y levantó la mano al garzón, un capuchino por favor- sin retirar los ojos de su amigo perdido, desafiante y con una sonrisa llena de ironía, tu debes ser, espera, Eduardo, no, debes ser Maximiliano. Después de esa frase, dejó que cinco centímetros de taco se alojaran en sus canillas, sin un ademán de dolor.

Una cortina de rojo, comenzó a pasearse entre cafés humeantes ¿qué haces? ¿Epica, Pink Floid? Serrat, Silvio? La inflación, Cortázar, Huídobro, Nietzsche, era un round. Y siguieron entre cortados, express y capuchinos, compitiendo solapadamente, sobre quien sabía más sobre ella.

Interrumpió un segundo para avisar la visita al toilete, y dejarlos discutiendo sobre el amor, poesía y las mujeres, hasta que los echaron del café.

Ella los cortó escapando, el desaparecido se fue expres y el transversal, rojo de celos, casi termina en capuchinos.

26 de febrero de 2008

Verdades provisorias
















Quisiera encontrame despidiendo la vida
y sentir acechando a la muerte.
Ver como una entrega y la otro recibe
que me viera una con rosas en la boca
y la otra de púrpura el corazón
observando, interrogantes y certeras.
Yo no sé de ustedes, que quieran seguir aquí
yo no
yo no
yo la apuro.

Esta vida empuja a dar respuestas, certezas, verdades.
Antes de llegar a ellas debo errar tantas veces
y ninguna certeza es el final, voy a priori, sigo a priori
rompiendo lo que ayer conocí
armando después lo anterior
para sobre ello seguir
buscando
observando
construyendo



Siento náuseas de cada ensayo y error
a veces me alegra, cansa, entristece
pero jamás extermina las dudas
agonizo en miedo, atrapando de la vida lo real, lo cierto
y nada lo es, todo es fugaz
prestado
convencional.

Quizás esa certeza, donde todo es fin con la muerte
sea la peor ilusión, la momentánea carta que me juega la corta visión
y haya después otra vida, donde a pesar mío
deba seguir construyendo
eternas
verdades
provisorias.

17 de febrero de 2008

Espejos

Primer Intento

Me miré varias veces y no me vi
cuando cerré los ojos
una visión desató
caravanas de imágenes
mutiladas unas, desgarradas otras
mascaradas de alegrías
y algunos coros añejos
de levitada esperanza.








Segundo intento

Mientras busco los reflejos
van hediendo las visiones
aquellas que publicamos
de nosotros en las páginas
amamos nuestras imagenes
aunque no tengan razón
y muestren de nosotros nada
conspiramos por tenerlas
por comprarlas, venderlas y traicionarlas.

Tercer Intento

Me miro al espejo otra vez
y ahora entiendo la patraña
le gusta al muy maricón
engañarnos con miradas
pintar perfiles hermosos
encubrir y trastocarlos

Cuarto Intento

Reflejo mío no eres
soy mucho más de lo que hablas
no necesito de ti
para saber si valgo
o no valgo nada.



Quinto intento

Me miro y observo
veo clarita mi imagen
sin adornos ni agregados
igual juego a mirarme
hago poses eróticas
y me desnudo delante.
Sos un espejo de mierda
yo no soy esa que quieres mostrarme.


Sexto intento

¡Qué nitidez!
soy tan bonita
tan inteligente
tan genial y atractiva
soy la perfecta falsa imagen
de lo que quieras mostrarme
espejo mentiroso
inútil, cruel, vidrio falso
hasta aquí no más llegaste.

Septimo intento

¡¡¡Crash!!!

Tiempos


Los tiempos, enemigos de mi realidad
logran campanadas en otros
pero en mí todo es silencio.

Lapsus semejantes
modelan espacios de otros seres
pero no logran penetrar los míos.

Instantes paralelos
sugieren voces similares
sin retener jamás mensajes míos.



En la última hora he comprendido
con medida exacta, sin aguja relativa
el evento de algunas decepciones.

Me han medido marcando
el beso simultáneo del engaño
el abrazo apurado del adios
y el despido concertado de una hora.

Esperaba un momento
un lapsus, un instante propio
pero esta corta vida
fue marcando el tiempo de otros
mientras corría el mío.



14 de febrero de 2008

Mensaje de chocolate

Hace días que él la mira, ella baja y sube corriendo la escalinata de la librería. A veces la espera, sabe que los martes y los viernes, sale un poco antes de la oficina. Ella entra en su pequeño mundo de libros y se sienta en su sofá favorito, saca sus lentes y sube los pies, sin antes mirar hacia todos lados, como sintiéndose observada. Luego hurguetea en su cartera saca una barrita de chocolates, la disfruta lentamente, como si fuera aún una niña entre suspiros y lecturas.

Muchas veces, después que la ve alejarse, se acerca ansioso a mirar cuales son los libros que ha leído, tras esa hora que se regala cada dos días. Se sienta en su sillón e intenta percibir el perfume que usa, pero nada, sólo queda un aroma a chocolate y suspiros

Lleva casi un mes en este cuasi espionaje y no puede evitar sonreír. Ella ha cambiado de lectura, antes siempre fueron cuentos de ficción, pero hoy ha dejado sobre la mesita de café "El joven Werther" y dentro, una nota manchada con barritas de chocolate: Mi nombre no es Carlota, el viernes se lo le diré, sólo si le gusta el chocolate.


Sylvia Rojas P.




5 de febrero de 2008

Joven y menos joven






















¿Tenías que ser tan joven?

te empinas recién en los 33

edad para ser crucificado

pero vives

y casi te amo

casi me detengo

casi me desboco a tus pies como Magdalena

y confieso todas mis cuitas.

¿Tenías que ser tan joven?

¡Tan joven ante mis ojos!

Dices que no te importa

mientras loco te sumerges

donde se rinde mi fuerza

digo que si me importa

regalando húmedos gemidos

dices que a nadie le importa

mientras un beso resbalo

suspiro, a muchos les importa

mi boca te ruega apremio

ardiendo y vencida pregunto

¿por qué no tienes diez años más?

ahogando la respuesta en besos dices

¿por qué no tienes diez años menos?

Debo estar loca te veo hablar como hombre

y enloquecerme como mozo de 17

Ámame entonces sin ser yo tan menos joven tonta como tú

ni tú más joven tonto como yo

¿tenías que ser tan joven?

¿tenía que ser yo tan menos joven?

de vieja no me trato jamás.

Le dejo amarme

y se inmola a sus 33 años.


3 de febrero de 2008

Voy hacia la senda llamada oscuridad



Voy hacia la senda llamada oscuridad

tropezando y tambaleando sin fuerzas

Gritando como van algunos locos

¡traición, traición!

Todo es flagelo y ruina, todo es hiel y espinas

al tormentoso río de odios hago muecas

para que desborde y me arrastre

iba hambrienta, sigo hambrienta, buscando, palpando

por si en algún páramo encuentre consuelo.

Ahora sumergida en la fatalidad

en sombras de cuervos que desgarran el corazón a cada espolón

decido exigir teas y respuestas

pero me enceguece el cruel rayo revelador

Me desgarra ver, vago ciega

voy sembrando risas, bufando como polilla

coqueteando hasta regalar mis alas

e iluminar un segundo la traición

Tengo una espina clavada, desangrándome y no logro ver

porque las cobardías son manojos de cánticos fúnebres

que no se distnguen entre tanta pestilencia de mentiras

y adornos de avatares sin piedad.

Sleeping Girl (Dormeuse) -1943

Balthus - Arte Figurativa

Sylvia Rojas P.

31 de enero de 2008

Apocalipsis

Ya van dos días que caminamos, quedamos catorce de los veinte que iniciamos la huída. Aún el espeso gas se arrastra sobre las hierbas. Las máscaras nos ahogan, de vez en cuando un gemido nos detiene, no hay nada que hacer. La repartición de máscaras fue tardía y tras esperar largo rato frente al lugar indicado, las sacamos, rompiendo las puertas y abalanzándonos sobre el contenedor custodiado por un grupo de robots sobornables, producto de sus sensores dañados.

Por entre metales ardiendo, divisamos cuerpos mutilados y algún perro lamiendo aguas rojas. Nos preguntamos ¿por qué muchos de ellos aún no han muerto?

Es noche de luna, pero ella parece no alumbrar por entre tanta bruma. Humo y fuego, regalan cortinas azuladas a su perfecta redondez de sangre.

Miles de árboles yacen calcinados con sus ramas rotas de carbón.

Cada vez se hace más difícil caminar, entre tanto escombro y dolor. No podemos detenernos, queremos llegar al mar. Muchos se han devuelto al escuchar que arde. Los han amedrentados diciéndoles que es un gran lago de fuego y azufre. Nadie demanda por alimentos, se acostumbraron a sentir hambre. Otros que regresan llorando se sientan cobardemente a esperar la muerte.

Nosotros continuamos. Nadie habla, nos encargamos de afirmarnos unos con otros, para darnos fuerzas. Algunas manos de entre los escombros, intentan sujetar nuestros tobillos, debemos alejarnos. Llegan sonidos de máquinas que aún siguen avisando del caos que vendrá y ya vino.

Se vislumbra un grupo, sin máscaras, rodeado de teas candentes, son cuerpos que arden, un olor nauseabundo los rodea, vomitan y se despiden cayendo abrasados por el aire irrespirable. Todos es horrible como esas escenas de los cuentos de Pasrojsyl, de oscuras mazmorras malolientes, atestados de gritos desgarrados y detrás de algún telón, una calavera danzando un ritmo de moda, para silenciar las injusticias.

Un gran muro de tanques se nos muestra delante, no tememos seguir. No hay nadie dentro. De algunos cuelgan trozos de soldados, manos intentando salir y mascarillas sin uso. Recogemos algunas, pero los circuitos de drenaje están rotos, como el sueño de muchos.

El cansancio comienza hacer estragos, Bea cae una y otra vez, decidimos cargarla unos metros, pero en sus ojos no hay razón, debemos dejarla, no podemos sentir dolor, para ello fuimos entrenados durante dieciséis años.

Debemos hacer el último intento, descender por alguno de los acantilados que cortados de improviso dan al mar. Sin embargo, antes de ello, se nos agolpan tres rejas.

Traspasamos la primera pero vienen tras ella otras dos más altas, todas electrificadas, nuestros trajes resisten, es la altura nuestro peor obstáculo. Vamos haciendo una torre con nuestras cabezas para elevar primero a los más cansados. Todos hemos traspasado, nos deslizamos por restos de helechos y pastizales humeantes.

Felipe resbala y claudica, nos insta a proseguir, a pesar de ser uno de los líderes, no quiere retrasarnos, la misión debe cumplirse.

Bajamos corriendo por sobres las dunas húmedas. Es verdad el mar arde. Una barcaza se acerca por entre lenguas de llamas y atraca en el pequeño muelle.

Un tipo de mirada asquerosa nos grita.

-¡Suban rápido, antes que se acabe el efecto especial y descubran que es un truco!

Llegamos doce al final del camino, doce para comenzar a evangelizar la misma mentira otra vez.


Salgado. Sebastião - Fotografia

Sylvia Rojas P.

25 de enero de 2008

Dolor












Me asaltan bestias, me derrotan gemidos, me persiguen gritos.

Quiero llorar con la apestosa forma de llorar de un desquiciado

y no puedo, no puedo.

Esta garra terrible de dolor me persigue, aprisiona, atropella, ahoga.

Le hago mil zigzagueos de huida y me sale al encuentro

como hiena arrastrando espuma dolorosa

Hay algo que fuerza, empuja, desgarra

soy toda tinieblas, toda abismo

toda carcajada de espanto.

No puedo huir, no puedo huir

salir como estampida

y golpear la vida

como ella golpea

sin conmiseración.


Quisiera cortar de pronto mi lengua

torcer, acallar, silenciarla.

Pero no está en la boca que implora

ni es el labio que desata la imagen de duelo

está más adentro

más profundo

está en el suspiro

agónico

del seso.

Sylvia Rojas P.

23 de enero de 2008

Mi vestido blanco





















Deseo encontrarte a solas en rincones de humo y bares de jazz yo y mi vestido blanco.

Caminar hacía ti entre sombras, sin más luz que mi vestido blanco.

Sentarme a tu mesa con mi vestido blanco fundido en mis pliegues húmedos.

Robarte el cigarro que cae de tu mano tensa y regalarte mis piernas de chocolate dorado bajo mi vestido blanco.

Quiero que roces mi vestido blanco y por los hilvanes vayas buscando el hilo del deseo trenzado en suspiros cubiertos tan sólo por mi vestido blanco.

Deseo que deslices el pabilo y compruebes que mi vestido blanco no cae fácil, se detiene en mis caderas y sólo con algunos.

Quiero ser cruel con mi vestido blanco, inclinarme en tu mesa y dejar que el escote de mi vestido blanco, te nuble el deseo simulado en humoradas rojas.

Mostrarte sin pudores, como afirma mi vestido blanco el calor de mi pequeña boca.

Ver tus ojos cuando una brisa malvada, levante las orillas palpitantes de mi vestido blanco y bajo el blanco vestido escuches la llama del jazz y tu mano como humo, se aserpiente por sobre y bajo mi vestido blanco.

Deseo que a solas tú y yo , en un rincón cualquiera con mi piel desnuda, cumplamos la profecía de mi vestido blanco.

A lo lejos nos vea hacer el amor, pidiendo tregua, furioso, lleno de celos, yo despojada y él, él vestido de rojo.

Sylvia Rojas P.



21 de enero de 2008

Viaje a la Villa Alegre o dos nuevas amigas alegres y viajeras.


Casi perdimos el bus, esperando que saliera uno, el adecuado se movía en nuestras espalda. Ella es menor, por eso eligió siempre la ventana. La ruta muestra saludos de árboles, cruce de ríos, campos verdes y bencineras en alta.

Primera parada una iglesia

Bajamos alegres, caminamos, se adelanta y entra, la imito corriendo

ella se persigna, no puedo imitarla. El techo cubierto de imágenes pías,

me mareo buscando a Saulo, no se lo digo, ella nos sabe que también di coces contra el aguijón buscando otra luz. Le contaré en otro viaje.

Un confesionario colmado de secretos, juego a ser pecadora, retrocedo y doy con la pila de agua bendita-chisporreteará si metes los dedos allí -dice la muy… sonriendo. Me siento bien, en una iglesia después de muchos años, ya no discuto con ella, quiero feliz a quienes las aman.

Segunda parada, el museo, me quiero quedar dentro seguro.

“Ayude al museo”

Hurgamos en carteras por monedas. ¡Qué bien suenan! debimos dejarlas en la iglesia para escuchar las almas liberándose con cada sonido

Sonreímos al Abate Molina a sus pájaros, sus flores, su búsqueda. Fotos amarillas de fiestas, ciudadanos ilustres, buen museo.











Recuerdo a Zurzulita y a Latorre cerca, en el Loncomilla a Milla

Una chispa creativa nos golpea, hacemos un pacto sobre el mate y reímos como locas y nos abrazamos.

¡Qué bien me siento con mi amiga!

Tengo hambre, y entre tanto sol de mediodía, me vuelvo prepotente

-Dígame señora, ¿en este pueblo hay plaza, mercado?

-Claro, doble en la esquina y encontrará la plaza, mercado no, lo siento no hay.

Y sale ella, -no preguntes así, di, ¿dónde queda esto o aquello? para que no se ofendan-

Disimulo recitando, pueblo hundío y explotao, pueblo mil veces lo digo.

Sabia la chiquilla, me digo y le digo- ya me parecía que sonaba apocador-

Caminamos a nuestra tercera parada, un local frente a la plaza, pedimos un café y pan con queso derretido.

Cuarta parada

La plaza y el tintero de Neruda a lo lejos, ella está enfrente esperándonos, con enormes álamos, pinos, escaños amplios, donde subir los pies y abrazar la madera para pelar luego un buen cigarro¿que mejor? ya démosles a las copuchas, las uñas largas, a las hermanas, a nuestros amores, a los poetas, las abuelas, en fin tanto tema, la lengua se nos pela. Conocemos al otro, por lo que contamos. Olvidamos el tintero, bueno quizás ya no hay tinta en el monolito.

Quinta parada, nos queremos comer una buena cazuela, nos engañamos, buscando un buen lugar, con pocas moscas, porque sin ellas no existen en este y en ningún país creo. Damos con La Casona, nos miran al entrar, está repleto de hombres, nos miran por nuevas o por ser tan exuberantes y lindas, bueno nos miran.

Demoran mucho, mientras, nos castigan pasando frente a nuestras ojos y narices, humitas, pasteles, cazuelas con choclos gigantes ¡ay! fumo, fumamos con bebida compartida, ante tal sufrimiento. Por fin llega nuestra cazuela, humeante, sabrosa, pero sin choclo.

Sexta parada, caminamos hasta el final de la avenida, nos desviamos un instante, asombradas, boquiabiertas. Un callejón colonial, un pedazo de pasado, calle de polvo y tierra, el tiempo se ha detenido allí, maldecimos la cámara olvidada.






Séptima parada, nos sentamos en el prado, a orillas de un canal, está fresco, nos recostamos, un auto conocido huye, las hormigas me atormentan.

Octava parada, volvemos a la plaza, una bebida helada y tranquilidad, se baja de su auto un villalegrino con su tarjeta en la mano y apuntando desde lejos al cajero automático, sin pensar que alguien podría arrebatarla corriendo, otro ritmo, otra vida.

Novena parada, volvemos para regresar a la avenida, viene un bus, subimos. De nuevo ella en la ventana, fresca.

Décima parada, un buen café cortado en Talca, allá se nos cortó sólo el tiempo.

Llegamos alegres de Villa Alegre.

20 de enero de 2008

El amor











Me golpea el amor como vara de sauce

golpea, golpea sin aviso

enreda como brazos de ebrio perdido

desmaya como nubes en colinas bajas.

El amor se levanta desnudo

huye con sábanas de niebla

claudica a ciegas, renuncia a ciegas

Huye, huye siempre de ahogos y abrazos

acierta al pecho y desangra el beso

las veces que el amor desea

El amor aúlla, por las quebradas

aúlla llamando a su encuentro

arrodilla en campos de batalla

y en la fuerza del placer sucumbe.

El amor no sabe darse

al que discierne el latido

acostumbrados a racionarlo

alguna vez lo damos todo

y quedamos con manos de limosna tendida.

Siempre es así, siempre

aprendemos a amar

entre miedos de amarra

en bofetadas de silencio

galopantes despidos

e inesperados rayos de olvido.

Aún así, amamos, amamos siempre.



Sylvia Rojas Pastene.

14 de enero de 2008

Sopaipillas de verano

Hacía más de media hora, que sentada en la acera, esperaba a su primo. Demoraba y el calor le hacía ver pequeños espejismos en el pavimento brillante y enceguedor. El olor a frituras provenientes de las mil y una fritanguerías, de esa cuadra, ya no le hacía recordar su casa.

Dos años atrás se habían incendiado y desde entonces vagaba de cartón en cartón sin más compañía que su primo David, al que había encontrado en las afueras de la estación. David era medio sordo y apenas lograba articular una que otra palabra.

Una noche lluviosa aprendió su primera palabra útil. Ambos, desesperados de hambre, habían caminado desde las faldas del cerro Esperanza hasta los locales del terminal de buses. Con la fija idea de pedir algo para comer y dormir en los carros abandonados de la estación.

Se acomodaron cerca, donde la oscuridad los mantendría protegidos. La vocecita del hambre comenzaba a cantar en ambos. Compartieron unas colillas y se frotaron las manos un instante. Se acercó, le arregló el cabello y el chaleco que llevaba brillante de sebo, le dió un empujoncito cariñoso y lo envío a pedir.

David, haciendo una especie de reverencia, se fue obediente a su misión. Cada cierto rato volvía enojado y pateando piedras, murmurando intentos de palabras y se dejaba caer al suelo, donde ella se escondía.

Repitió la acción unas cuatro veces, hasta que finalmente triste y cansado se acostó entre la basuras de los puestos, alejada de las manos de su prima. Nadie como él sabía lo rápida que era con las piedras y las manos, así que mejor era estar fuera de su alcance

Ella lo quería, era igual a su hermano menor, ero tenían que comer y pronto.

Después de un largo rato, lo levantó a tirones e insistió gritándole - vas a decir sopaipilla ¿oíste? nadie te da nada, porque no hablas cabro de mierda, tengo hambre y ya no puedo robar, me meten en cana gueón, pero a vos si robas te pillan al tiro, no sabis correr y si corres te caí a la primera zancada, patas planas, inútil, tenís que pedir mierda. David la miró intentando decir algo, con gestos, lo que a ella le pareció un -enséñame vos poh hambrienta-

Lo sentó en el suelo frente a frente, puso sus dedos en la boca y le dijo: repite conmigo ssss ooo ppp aaa -repite sopa- El miraba y trataba de imitar el movimiento de su boca, después de largos intentos y con la espalda empapada, logró que dijera en dos partes sopai-pillas, caminaba y repetía- sopai-pilla- saltaba feliz -sopai-pillas.

Volvió a los puestos y aunque demoró bastante, lo vio correr de regreso como pato con su valioso motín, en una vara de coligue traía ensartadas unas enormes sopaipillas bañadas en ketchup y mostaza.

Todo el invierno estuvieron juntos y ahora, en pleno verano, seguían buscando restos, pidiendo y alojando con extraños debajo del puente del río Piduco o cerca de la fería.

Ahora el calor arreciaba, la mugre delataba su rostro, le corría una espesa gota desde la frente hasta la barbilla, de un café intenso, dibujando su pobreza. Lo vio aparecer de pronto y saltó sobre él, traía como diez sopaipillas en un tenedor de plástico.

-¡Gueón! te dije pide helados, no veí el calor que hace ¡patas planas-h-e-l-a-d-o-s !

-No, no, no, robé sopai- balbuceó inocente y con una sonrisa tan larga, como las gotas que lo bañaban de pies a cabeza.

Sylvia Rojas Pastene.

12 de enero de 2008

Mis Otelos

Tuve celos, amargos celos

hierros de hiel de extremo a extremo

convulsionando la cuenca y desmayé.


Tuve celos, agudos celos

furiosos dragones de fuego devorando

rompiendo, abrasando, cercenando.


Tuve celos, tristes celos

e imaginé la vida sin abrazos

y un mutismo eterno desterrado de palabras.


Por un instante fui toda ira, guerra, muerte

enalbardé aguijones, lacerando mi boca

la misma que amó tanto, agonizó muda.


Después doblada supliqué por luz

la misma luz que sentaba su mirada de alegría en mi retina

esa misma luz cegó largas horas la razón y lloré.


Porque mordido el orgullo y fenecida la esperanza

uno llora a solas

y reconoce que ha perdido.






Sylvia Rojas Pastene.

10 de enero de 2008

Caracoles

La hamaca se mecía entre dos paltos. Boca abajo sobre ella arrastraba las manos rozando las frutillas. En algunas vueltas lograba arrancar una y llevársela a la boca. Las chinitas que goloseaban sobre ellas subían por sus manos, abriendo nerviosamente sus alas y volviéndose a posar sobre los cardenales. Se daba impulso para alcanzar las petunias que estaban más lejos o espantar a la gata Trini que ronroneaba de sueño mirándola mecerse. Cada cierto tiempo, Huesito pasaba por debajo en carreras locas tras los zorzales, haciéndola rodar bajo los damascos o dejándola enrollada en tres apretadas vueltas.

Todo era silencio a esa hora, silencio de lentas tardes en su hamaca.

De pronto una comparsa de patos, no acostumbrados a ese rumbo, provocó una confusión entre sus mascotas. Un círculo de polvo dejó percibir por un segundo colas y alaridos. La prisa por acudir o un sálvese quien pueda, la tiró lejos de su hamaca y la hizo tropezar con largas guías de parras que se arrastraban buscando el agua del pozo que surtía los surcos de las frutillas.

Le dolían los brazos y la boca escupía blandos terrones. Cuando se apagaron las estrellas de la hecatombe, se quedó boca abajo, muda, esperando que nadie se despertara. Algo la hizo mirar debajo del hueco tronco, que permanecía por años frente a su hamaca. Vio varios envases de temperas, y a un lado, una cajita de zapatos con el nombre de su hija Francisca, se acercó un poco más, y curiosa la abrió. Caparazones de caracoles, caparazones pintados o decorados con manchitas, las más, llenas de círculos coloridos.

Las mismas manchitas que ella había hecho en sus caparazones permanecían aún, deslavados ya, pero inconfundibles, ahora servían de guarida a sus descendientes. Levantó la caja y vio rodar un sinfín de caracolitos bebés con arcoiris en sus espaldas…

Sylvia Rojas Pastene.