
Casi perdimos el bus, esperando que saliera uno, el adecuado se movía en nuestras espalda. Ella es menor, por eso eligió siempre la ventana. La ruta muestra saludos de árboles, cruce de ríos, campos verdes y bencineras en alta.
Primera parada una iglesia
Bajamos alegres, caminamos, se adelanta y entra, la imito corriendo
ella se persigna, no puedo imitarla. El techo cubierto de imágenes pías,
me mareo buscando a Saulo, no se lo digo, ella nos sabe que también di coces contra el aguijón buscando otra luz. Le contaré en otro viaje.
Un confesionario colmado de secretos, juego a ser pecadora, retrocedo y doy con la pila de agua bendita-chisporreteará si metes los dedos allí -dice la muy… sonriendo. Me siento bien, en una iglesia después de muchos años, ya no discuto con ella, quiero feliz a quienes las aman.
Segunda parada, el museo, me quiero quedar dentro seguro.
“Ayude al museo”
Hurgamos en carteras por monedas. ¡Qué bien suenan! debimos dejarlas en la iglesia para escuchar las almas liberándose con cada sonido
Sonreímos al Abate Molina a sus pájaros, sus flores, su búsqueda. Fotos amarillas de fiestas, ciudadanos ilustres, buen museo.

Recuerdo a Zurzulita y a Latorre cerca, en el Loncomilla a Milla
Una chispa creativa nos golpea, hacemos un pacto sobre el mate y reímos como locas y nos abrazamos.
¡Qué bien me siento con mi amiga!
Tengo hambre, y entre tanto sol de mediodía, me vuelvo prepotente
-Dígame señora, ¿en este pueblo hay plaza, mercado?
-Claro, doble en la esquina y encontrará la plaza, mercado no, lo siento no hay.
Y sale ella, -no preguntes así, di, ¿dónde queda esto o aquello? para que no se ofendan-
Disimulo recitando, pueblo hundío y explotao, pueblo mil veces lo digo.
Sabia la chiquilla, me digo y le digo- ya me parecía que sonaba apocador-
Caminamos a nuestra tercera parada, un local frente a la plaza, pedimos un café y pan con queso derretido.
Cuarta parada

La plaza y el tintero de Neruda a lo lejos, ella está enfrente esperándonos, con enormes álamos, pinos, escaños amplios, donde subir los pies y abrazar la madera para pelar luego un buen cigarro¿que mejor? ya démosles a las copuchas, las uñas largas, a las hermanas, a nuestros amores, a los poetas, las abuelas, en fin tanto tema, la lengua se nos pela. Conocemos al otro, por lo que contamos. Olvidamos el tintero, bueno quizás ya no hay tinta en el monolito.
Quinta parada, nos queremos comer una buena cazuela, nos engañamos, buscando un buen lugar, con pocas moscas, porque sin ellas no existen en este y en ningún país creo. Damos con La Casona, nos miran al entrar, está repleto de hombres, nos miran por nuevas o por ser tan exuberantes y lindas, bueno nos miran.
Demoran mucho, mientras, nos castigan pasando frente a nuestras ojos y narices, humitas, pasteles, cazuelas con choclos gigantes ¡ay! fumo, fumamos con bebida compartida, ante tal sufrimiento. Por fin llega nuestra cazuela, humeante, sabrosa, pero sin choclo.
Sexta parada, caminamos hasta el final de la avenida, nos desviamos un instante, asombradas, boquiabiertas. Un callejón colonial, un pedazo de pasado, calle de polvo y tierra, el tiempo se ha detenido allí, maldecimos la cámara olvidada.
Séptima parada, nos sentamos en el prado, a orillas de un canal, está fresco, nos recostamos, un auto conocido huye, las hormigas me atormentan.
Octava parada, volvemos a la plaza, una bebida helada y tranquilidad, se baja de su auto un villalegrino con su tarjeta en la mano y apuntando desde lejos al cajero automático, sin pensar que alguien podría arrebatarla corriendo, otro ritmo, otra vida.
Novena parada, volvemos para regresar a la avenida, viene un bus, subimos. De nuevo ella en la ventana, fresca.
Décima parada, un buen café cortado en Talca, allá se nos cortó sólo el tiempo.
Llegamos alegres de Villa Alegre.